INTRODUCCIÓN

La Asociación Cultural y Filantrópica Misericordia ha preparado para sus
miembros, colaboradores y amigos este opúsculo, con el objetivo de que les sirva
de auxilio para que enfermos y ancianos adoraren a Jesús Sacramentado y se
acerquen a la Eucaristía, principalmente, por medio de la comunión espiritual.
En la primera parte, el lector conocerá la vida y obra de un santo español:
don Manuel González García, apóstol de Jesús Sacramentado y abandonado,
obispo de Málaga y después de Palencia, fundador de la Obra de los Sagrarios-
Calvarios, actualmente denominada como Unión Eucarística Reparadora, cuya
finalidad es precisamente reparar el abandono que sufre el Señor en sus tres
manifestaciones: la misa, la comunión y la presencia real permanente.
Su lema “eucaristizar”, es decir, evangelizar a través de la Eucaristía, sin duda
que les encantará a los numerosos y dedicados miembros de la Asociación
Misericordia que, desde hace cuatro años, vienen visitando y llevando consuelo a
enfermos y ancianos, muchas veces abandonados. Son bastantes los que nos
preguntan de dónde proviene el éxito de las actividades de la asociación. La sabia
de ese apostolado nace y vive de la Eucaristía. Antes de regalarle un rosario, una
medalla, un libro, una revista o cualquier otro objeto de piedad a un enfermo, o
incluso hacerle compañía a un anciano, los miembros de la asociación son
invitados a pedirle fuerzas a Jesús, escondido en el sagrario, a participar en la
misa y a comulgar.
En distintas visitas a hospitales o residencias, oímos las lamentaciones y el pesar
de los pacientes y de las personas mayores, por el hecho de no poder participar
en la misa, adorar a Cristo, nuestro Señor, verdaderamente presente con su
Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad en los sagrarios de las iglesias, ni comulgar.
Para que puedan saciar su hambre eucarística, la segunda parte de este opúsculo
presenta una breve explicación a cerca de la comunión espiritual —ese medio de
unión de amor entre el alma y Jesús Sacramentado, poco conocido y practicado
en España—, especialmente indicado para todos aquellas personas que, por
diversos motivos, no pueden comulgar sacramentalmente.
En las obras de don Manuel González se encuentran ocho máximas, siempre
actuales, y muy animadoras para cualquier acción caritativa o social, como las
llevadas a cabo por la Asociación Misericordia:

1.º Dios, en las obras hechas para su gloria, no premia el fruto recogido, sino el
trabajo empleado (para los descontentadizos).

2.º Podemos hartar a un pobre de comida, de dinero y de bienestar, y podrá no
convertirse. La conversión es obra exclusiva de la gracia de Dios (para los
presuntuosos).

3.º En las obras que se emprenden por y para Dios, no es Dios quien pone la
menor parte (para los tímidos).

4.º La obra mejor empezada puede hacerse inútil por la inconstancia (para los
flojos).

5.º El dinero, con valer tanto, es lo menos necesario para la acción, cuando se
cuenta con buenas voluntades y se sabe contar con la gracia de Dios (para los
calculistas).

6.º Más obras buenas dejan de emprenderse o de proseguirse por falta de
confianza en Dios, que por falta de dinero (para los desconfiados).

7.º La piedad es útil para todos (para los buenos).

8.º La acción social católica es un negocio que el hombre lleva a medias con
Dios. ¿Quién ganará más y se aburrirá más pronto? (para los pesimistas).1
Esperando que la lectura de este opúsculo aporte muchos beneficios espirituales a
sus lectores, pedimos la intercesión del santo obispo Manuel González a fin de
que obtenga de Jesús Sacramentado las gracias que más necesitamos para
aumentar nuestro amor y devoción al Señor en la Eucaristía, para continuar
consolando a enfermos y ancianos y para que podamos alcanzar algún día la
felicidad eterna.

Asociación Cultural y Filantrópica Misericordia
Toledo, 15 de septiembre de 2016.


Lo que puede un cura hoy. Obras completas, n.º 1910, apud MISIONERAS EUCARÍSTICAS DE NAZARET. El Beato Manuel González, modelo de fe eucarística. In: SEMINARIOS. Sobre los ministerios en la Iglesia. Madrid: 2010. N.os 195-196 (Enero/Junio, 2010); pp. 95126.
PARTE I

Don Manuel González García, apóstol de Jesús Sacramentado y abandonado
Nacido en Sevilla el 25 de febrero de 1877, Manuel fue el cuarto hijo del matrimonio Martín González Lara y Antonia García. Su padre era carpintero y su madre cuidaba de la familia y del hogar. Durante su infancia su amor a Jesús Sacramentado lo llevó a formar parte de los conocidos «seises» de la catedral hispalense, el grupo de niños de coro que cantan y bailan ante el Santísimo en la solemnidad de Corpus Christi.
Siendo ya adolescente sintió el llamamiento interior a ser sacerdote y un día, sin que sus padres se enteraran, salió de casa para presentarse al examen de admisión en el seminario y lo aprobó. Como su familia no tenía medios para pagarle los estudios, se puso a trabajar como empleado en el propio seminario.
Después de largos y arduos estudios recibió el subdiaconado el 23 de septiembre de 1900, el diaconado el 11 de junio de 1901 y el 21 de septiembre de este mismo año fue ordenado presbítero por el beato Marcelo Spínola y Maestre, en la capilla del palacio arzobispal de Sevilla.
Tras haber celebrado su primera misa, el 29 de septiembre en la iglesia de la Santísima Trinidad, don Manuel quería ver realizado su sueño: ser un buen cura de aldea, como él mismo decía:
¡Qué encanto tenían para mi imaginación las iglesias de los pueblos! Cuatro paredes muy blanquitas, un altarcito con unos manteles muy planchados, y una Virgen vestida como las más rica aldeana y adornada con las mejores flores de sus campos, y un sagrario muy limpio, frecuentado por los mozos al terminar las faenas del día y por las mozas antes de empezarlas y por los ancianos e impedidos del pueblo durante el día. ¿Y los domingos? La misa del alba oída por toda la gente campesina; la misa mayor con la plática de padre del señor cura, con su catecismo bullicioso.
¡Ah, los pueblos! ¡Qué costumbres tan sanas! ¡Qué caracteres tan enteros! ¡Cuánta sencillez! ¡Cuántas veces en mis ratos perdidos de seminarista, me echaba a soñar viéndome cura de uno de esos pueblecitos; querido de mis sencillos feligreses y poniendo yo al servicio de ellos mi alma y mi vida, mirándome y tratándome ellos como a padre y desviviéndome yo por ellos como hijos míos! ¿Por qué el pueblo mío no había de ser de estos?

La gracia mística recibida en Palomares

El 2 de febrero de 1902 fue enviado a predicar una misión a la localidad sevillana de Palomares del Río y ante el sagrario de su pequeña iglesia recibió una gracia mística que marcaría su vida y su apostolado. Don Manuel mismo narró lo ocurrido:
Me ordené de sacerdote y, pasado el primer cuarto de aquella espiritualmente sabrosa luna de miel, me mandaron los superiores a dar una misión a un pueblecito.
¡Qué planes tan risueños los que iba formando por el camino!
Vamos a ver, amigo sacristán, ¿está muy entusiasmada la gente con la misión?, ¿es muy grande la iglesia?…
—La iglesia, empezó a responderme con frialdad y lentitud mi acompañante… lo que pasa es que la gente se ha acostumbrado a no ir y me parece que poca va a venir a la misión. ¡Como no fuera la misión en el casino o en las tabernas! (…).
Sin embargo, hay que dar la misión; Dios lo quiere y Él me ayudará…
Fuime derecho al sagrario de la restaurada iglesia en busca de alas a mis casi caídos entusiasmos, y… ¡qué sagrario! ¡Qué sagrario, Dios mío! ¡Y qué esfuerzos tuvieron que hacer allí mi fe y mi valor para no volver a tomar el burro del sacristán que aún estaba amarrado a los aldabones de la puerta de la iglesia y salir corriendo para mi casa!
En cambio, por el contrario, el joven sacerdote se arrodilló ante el Señor verdaderamente presente en el Santísimo Sacramento del altar y se quedó un buen rato en adoración, pidiendo perdón por la indiferencia y abandono de los hombres.
«Allí, de rodillas, ante aquel montón de harapos y suciedades, mi fe veía a través de aquella puertecilla apolillada a un Jesús tan callado, tan paciente, tan desairado, tan bueno que me miraba…, posaba su mirada entre triste y suplicante, que me decía mucho y me pedía más, una mirada en la que se reflejaba todo lo triste el Evangelio: lo triste del “no había para ellos posada en Belén”. Lo triste de la traición de Judas, de la negación de Pedro, de la bofetada del soldado, de los salivazos del pretorio, del abandono de todos».
Ante aquel sagrario don Manuel contempló el acontecimiento central de la salvación, abandonado, consciente de la gracia de la Redención que de ahí brotaba y escribió: «El abandono es el mal de los que saben que Jesús tiene ojos y no se dejan ver por ellos. Y oídos y no le hablan. Y manos y no se acercan a recoger sus regalos. Y corazón que les ama ardientemente, y no lo quieren ni le dan gusto. Y doctrina de toda verdad y la desdeñan o la interpretan a su capricho. Y ejemplos de vida y no los copian. ¡Es mal de próximos y amigos!».
La profundidad de esa comprensión y amor a Jesús Sacramentado y abandonado era tal que dicha gracia fue madurando en su corazón hasta llevarlo a fundar varias asociaciones de reparación al Santísimo Sacramento.
Días después, el 8 de febrero, fue nombrado capellán de la residencia de ancianos de las Hermanitas de los Pobres. De su corazón brotó una súplica a la Santísima Virgen por su misión sacerdotal:
¡Madre Inmaculada! ¡Que no nos cansemos! ¡Madre nuestra! ¡Una petición! ¡Que no nos cansemos!
Sí, aunque el desaliento por el poco fruto o por la ingratitud nos asalte, aunque la flaqueza nos ablande, aunque el furor del enemigo nos persiga y nos calumnie, aunque nos falten el dinero y los auxilios humanos, aunque vinieran al suelo nuestras obras y tuviéramos que empezar de nuevo… ¡Madre querida!… ¡Que no nos cansemos!
Firmes, decididos, alentados, sonrientes siempre, con los ojos de la cara fijos en el prójimo y en sus necesidades, para socorrerlos, y con los ojos del alma fijos en el Corazón de Jesús que está en el Sagrario, ocupemos nuestro puesto, el que a cada uno nos ha señalado Dios. ¡Nada de volver la cara atrás! ¡Nada de cruzarse de brazos! ¡Nada de estériles lamentos!
Mientras nos quede una gota de sangre que derramar, unas monedas que repartir, un poco de energía que gastar, una palabra que decir, un aliento de nuestro corazón, un poco de fuerza en nuestras manos o en nuestros pies, que puedan servir para dar gloria a Él y a Ti y para hacer un poco de bien a nuestros hermanos…
¡Madre mía, por última vez! ¡MORIR antes que cansarnos!

Párroco en Huelva

En 1905 el cardenal Spínola le hizo una proposición. Así nos lo cuenta don Manuel:
Llamado una mañana por mi santo arzobispo, pastor a lo Buen Pastor, y a fuer de tal, de una delicadeza suma en todos sus procederes, me dice sonriente:
—¿Quiere ir usted a Huelva?
—Yo voy volando a donde me mande mi prelado.
—No; yo no le mando ir a Huelva; está aquello tan mal, y lo que es peor, tan dividido… Estoy tan harto de probar procedimientos para mejorarlo sin obtenerlo, que me he acordado de usted como última tentativa; al fin y al cabo usted es joven y si se estrella, como lo temo, el mismo que lo lleva lo puede traer. Pero, repito, esto no es un mandato, sino un deseo.
—Señor, los deseos de mi prelado son para mí órdenes. ¿Cuándo quiere que me vaya?
—No, no; ahora se va usted a su casa y, durante tres días madure este deseo mío delante de su Sagrario y vuelva después con su decisión…
Me despedí, y ¡qué tres días pasé! ¡Sin apenas dormir ni comer y con esfuerzos sobrehumanos para conservar la buena cara y el buen humor! ¡Había oído hablar tan mal de la situación religiosa de Huelva…! Llegado el tercer día me presenté de nuevo al señor arzobispo.
—Señor, aquí me tiene para repetirle lo que le dije el otro día.
—Pero, ¿así? ¿Tan decidido?
—Sí, señor; completamente decidido. Ahora que, como a mi prelado le debo hablar como al Jesús de mi Sagrario, debo decirle que me voy a Huelva tan decidido en mi voluntad como contrariado en mi gusto.
—¿Cómo? ¿Es que no va a gusto?
—Voy obedeciendo los deseos de V. E. con toda mi voluntad; pero contra todo mi gusto.
—Me lo explico y no me extraña; espero que ese desprecio de su gusto, para abrazarse a la voluntad divina a través del prelado le ayudará mucho en su misión de Huelva.
De esta manera aceptaba la invitación y fue nombrado párroco de la parroquia de San Pedro, de Huelva, y poco después arcipreste de la ciudad, que en aquella época dependía de Sevilla. A pesar de la considerable indiferencia religiosa de los fieles, consiguió poco a poco revitalizar la vida cristiana y la participación eucarística. Intensificó el trabajo pastoral con las familias pobres y abrió una escuela para niños necesitados.

“Lo que puede un cura hoy”

En esa ciudad publicó su primer libro: Lo que puede un cura hoy, obra que se convirtió en un punto de referencia para los sacerdotes. En ella explica don Manuel:
Tengo la convicción de que la mejor de todas las obras sociales es un buen cura. De donde deduzco que trabajar porque los buenos curas no se desanimen es una interesantísima obra de acción social católica.
Al clero hoy se le exige mucha ciencia, no sólo sagrada sino profana, muchos sacrificios y mucha actividad… El cura, repito, que ve todo esto, verdaderamente necesita todo el heroísmo de un mártir para amanecer cada día con la cara sonriente, el corazón esperanzado y el espíritu suficientemente tranquilo para seguir abriendo surco, sin desmayar y sin caer.
Y presentó la necesidad de tener una buena catequesis, la primera obra social que todo sacerdote debe cuidar en su parroquia:
La primera en necesidad e importancia de todas las obras sociales católicas es la enseñanza del Catecismo, y no una enseñanza cualquiera, sino la que aspira a ocupar la memoria, el entendimiento y la voluntad. Habrá obras sociales muy útiles y muy necesarias y muy cristianas.
Pero si no parten del catecismo como base, o tienden a él como a fin, si no traen el catecismo delante o detrás, en mis cortas luces te digo que nos exponemos a hacer aquello que decía san Pablo: a hablar al aire, o traducido libremente, a tocar el violón, ocupación que no es muy lucida que digamos.
Porque para don Manuel, la catequesis debe formar a los niños para que puedan asemejarse a Jesús, el prototipo de toda perfección, enseñándoles que «Dios se hizo hombre no sólo para hacer al hombre Dios por su gracia, sino para enseñar al hombre a ser hombre… ¡el hombre cabal!».
Una vez formada la juventud en el amor a Jesús Eucaristía, se pude esperar el cambio de toda la sociedad.
Sociedad, nación, pueblo, familia, individuo que no se asiente sobre los sillares de la caridad y de la humildad… estarán condenados a desorden perpetuo, inestabilidad perenne y constante amenaza de ruina, y a no llegar jamás a hacer paces duraderas ni con la justicia, ni con la libertad, ni con el respeto al derecho.
No hay más maestro que Jesucristo. El magisterio de su palabra se lo ha confiado a su Iglesia visible, el del ejemplo se lo ha reservado para ejercerlo en su cátedra silenciosa del Sagrario. Y ¡qué pedagogía la de este Maestro! Para enseñar con obras de caridad, inventa la traza de darse en cada Hostia consagrada a cada hombre que le busque, y para enseñar con obras de humildad, se da en silencio lo mismo al agradecido como al ingrato, al que le alaba como al que le maldice, al que viene como al que abandona… Ése, ése es el gran Maestro, esa la gran lección, ese el gran modelo que los hombres y los pueblos necesitan copiar para que vuelvan a ser justos y rectos.
Jesús Modelo de caridad y humildad no es imitado. ¡Los hombres se obstinan en hacer lo contrario: Él ama a los demás hasta el anonadamiento de sí mismo! El hombre se ama a sí mismo hasta el aniquilamiento de los demás.
Pero la preocupación de don Manuel se dirige también hacia la acción social del sacerdote: «Hago consistir el fin de la acción social del párroco en la cristianización de la sociedad, porque yo creo que en la cristianización entran todas esas reivindicaciones de justicia que a cierta parte de la sociedad se deben, y todo ese desenvolvimiento del espíritu de la caridad que indudablemente se necesita para rellenar las lagunas abiertas en la sociedad por el egoísmo y la injusticia de los unos y los vicios y los pecados de todos».
Es cierto que la fe pone en el alma del cristiano una sensibilidad tan exquisita, que toda injusticia y todo dolor producen allí su impresión y una como obligación imperiosa de procurar su remedio. Pero, si queremos de verdad el bien del pueblo y todo el bien del pueblo…, hemos de ir a él no sólo porque somos cristianos, sino para hacerlo cristiano, porque únicamente cristianizando todo lo que le rodea, es como pueden repararse aquellas injusticias… Hay que dar a cada cosa su lugar: no hagamos fin lo que sólo puede ser medio.
El pueblo no sólo tiene hambre de pan, que la tiene de muchas cosas que valen más que el pan. Tiene hambre de verdad, de cariño, de bienestar, de justicia, de cielo y, quizá, sin que se dé cuenta, de Dios. Y si las lágrimas de sus ojos nos impulsan a movernos a su favor, ¿las lágrimas de su corazón, las desgarradoras de su alma, nos han de dejar en una neutralidad impasible? No, no. Hay que procurarle, junto o después del pan del cuerpo, el pan del alma. Hay que imitar al Maestro, que después de hartar de pan al pueblo con un milagro, lo prepara para anunciarle el otro pan que da la vida eterna.
Si la acción social católica, no persigue otra cosa que resolver problemas económicos, elevar clases, borrar desigualdades, etc., no procurando lo otro con el mismo afán, y dándole el lugar principal… sólo conseguirá efectos muy parciales y pasajeros por no haber tocado el mal en su raíz… Si somos hombres de acción porque somos cristianos es menester tomar a Cristo con todas sus consecuencias… en una palabra, es esencial a la acción social católica tender siempre a Cristo.
Para realizar su misión por completo, el sacerdote debe tener bien presente que nos está solo. «Es una idea que ensancha el alma y da valor… En esa soledad aparente tiene buenísimos y poderosos amigos que le acompañen: el Corazón de Jesús… María Inmaculada… y la Iglesia».
Y muchas veces durante el día el sacerdote ha de acercarse a Jesús Sacramentado. «Irse al Sagrario… Ahí, ahí es donde yo creo que ha de empezar ese cura para su acción social católica: mirando mucho a Cristo, y llenándose de aquella mirada dulcemente triste que busca en quien descansar y no halla… poniendo su corazón muy cerca del Corazón de Cristo, muy cerca… estableciéndose así un flujo y reflujo de penas y amores… Ése es el primer paso, asociarse a Cristo, entrar en compañía con Él, enamorarse de Él, quererlo con toda el alma, y ¿queréis que os lo diga de una vez? ¡Chiflarse de amor por el Corazón de Jesucristo!».

Obra de adoración y reparación a Jesús Sacramentado

Más adelante, el 4 de marzo de 1910, les expuso a un grupo de mujeres que apoyaban sus actividades apostólicas su gran deseo de crear una obra de adoración y reparación a Jesús Sacramentado, valiéndose de estas palabras: «Permitidme que, yo que invoco muchas veces la solicitud de vuestra caridad en favor de los niños pobres y de todos los pobres abandonados, invoque hoy vuestra atención y vuestra cooperación en favor del más abandonado de todos los pobres: el Santísimo Sacramento. Os pido una limosna de cariño para Jesucristo Sacramentado».
Así nacía la Obra de las Marías de los Sagrarios, hoy conocida por Unión Eucarística Reparadora, cuyo objetivo —a ejemplo de la Santísima Virgen, del apóstol san Juan y de las Santa Mujeres que permanecieron junto a Jesús en el Calvario— era adorar, reparar y dar una respuesta de amor a Cristo, que por amor a nosotros se encuentra en la Eucaristía.
Su fervor y su celo apostólico para con la Eucaristía iba tan lejos que en poco tiempo consiguió crear varias ramas de la Familia Eucarística Reparadora:
— Laicos: Marías del Sagrario y Discípulos de San Juan, en 1910.
— Sacerdotes: Misioneros Eucarísticos Diocesanos, en 1918 (que no llegaron a consolidarse por la situación política española de aquel tiempo).
— Congregación Religiosa: Misioneras Eucarísticas de Nazaret, en 1921 (con la ayuda de la Hermana María Antonia).
— Laicas consagradas: Institución de Misioneras Eucarísticas Seglares, en 1933.
— Niños: Reparación Infantil Eucarística, en 1934. Estos niños tenían la obligación de comulgar una vez por semana, la comunión espiritual y la visita personal diaria al Sagrario.
— Jóvenes: Juventud Eucarística Reparadora, en 1940.
Y comentaba: «Tengo la persuasión firmísima de que prácticamente el mayor mal de todos los males y causa de todo mal, no sólo en el orden religioso, sino en el moral, social y familiar, es el abandono del Sagrario. Si no hay otro nombre en el que pueda haber salvación fuera del Nombre de Jesús. Si la sagrada Eucaristía, adorada, visitada, comulgada y sacrificada es la aplicación de esa salud y, por tanto, la fuente más abundante de gloria para Dios, de reparación por los pecados de los hombres y de bienes para el mundo, el abandono de la sagrada Eucaristía, al cegar la corriente de esa fuente, priva a Dios de la mayor gloria que de los hombres puede recibir y a éstos de los mayores y mejores bienes que de Dios pueden esperar».17
Y así, «la Obra nació en la fidelidad de Galilea, se bautizó en las lágrimas de la calle de la Amargura, se confirmó en la sangre del Calvario y se perpetuó en el amor de la Eucaristía… Ya ven si es antigua nuestra Obra; por esta razón no admito que me digan que yo he sido quien la ha fundado, sino quien por misericordia de Dios la he echado de menos».18
Es interesante resaltar que para don Manuel, sobre todo al principio de su vida, el término Sagrario, englobaba la presencia de Jesús Sacramentado, tanto en la misa, como en la comunión y en la presencia real. Idealizaba cuatro formas concretas de ponernos ante el divino Abandonado:
Presencia: «Mi pregunta es ésta: ¿son muchos los vecinos y vecinas de un Sagrario que van a su parroquia, a su iglesia, a visitar a su vecino Jesús, a echar un rato con Él?… Otra pregunta más: doy por ciertas e insuperables todas las dificultades que disminuyen mi presencia corporal ante el Sagrario, pero ¿con mi presencia espiritual, quién puede meterse? Trabajar, andar, descansar, reír, llorar de cara al Sagrario, mirando a él, como si se estuviera ante él… ¿puede haber muchas dificultades exteriores para eso? ¿No viven en esa presencia mutua, espiritual, los que de verdad se quieren y a pesar de dificultades de tiempo, de distancia y de trabajos?».

Imitación: «Estar en nuestro propio deber: mandamientos de Dios y de la Iglesia, propio estado y voluntad de Dios en cada hora y minuto. Darnos a nuestros prójimos, buenos o malos, agradecidos o ingratos. Y morir a nosotros mismos, y como corderos sacrificados ofrecernos a la mayor gloria de Dios y santificación propia y ajena, porque así lo hace Jesús Sacramentado, en silencio e invisiblemente como Él lo hace. Ésa es ciertamente la más perfecta imitación y la más fecunda para Dios, para los hombres, para los pueblos y para nosotros mismos».
Compasión: «Si Jesús está en el Sagrario para prolongar, extender y perpetuar su Encarnación y su Redención, lo menos que yo debo hacer es presentarle mi alma entera con sus potencias, y mi cuerpo entero con sus sentidos, para que se llenen y empapen de sentimientos, ideas y afectos de Jesús Redentor encarnado y sacramentado… Dos corazones con el mismo ritmo son un solo corazón. Ésa es la obra de la compasión perfecta».
Confianza: «La compañía de confianza es la misma unión con el Corazón de Jesús que produce la compañía de compasión llevada hasta el total olvido de sí propio y el abandono total a su Corazón. Es decir, vivir el alma tan unida y compenetrada con el Corazón de Jesús Sacramentado que no se ocupe ni preocupe de sus propios cuidados y gustos, sino de esto solo: de que Él esté contento».
Aunque esa adoración personal es muy importante para el fervor individual, la Obra de don Manuel trataba de hacer el bien al mayor número posible de personas, “eucaristizándolas”, es decir, evangelizándolas a través de la Eucaristía:
El apostolado más eficaz… y el que hoy quieren el Corazón de Jesús y la Madre Iglesia que se emplee, no por exclusión, pero sí con preferencia a todas las demás artes apostólicas, es el apostolado por medio de la Eucaristía. Orientar todo nuestro ministerio a obtener o tratar de obtener que: el Evangelio vivo sea conocido, el Pan vivo sea comido, el Maná escondido sea gustado, el Dios del Sagrario sea reverenciado, la Providencia que en él vive sea tenida en cuenta y el Modelo vivo que en él se exhibe sea imitado.
Llevar con prisa al pueblo el Evangelio de la Eucaristía; el pueblo ha dejado de sentir por Jesucristo aquella irresistible simpatía que le impelía a seguirlo porque ha dejado de verlo. Ésta es la mejor obra de caridad individual y social que podemos hacer por el pueblo: mostrarle a Jesús, hacérselo ver, ¿cómo? Predicándole el Evangelio vivo de la Eucaristía, y predicándoselo con tal desnudez de pretensiones oratorias, con tal viveza de fe, con tal persuasión de palabra y conformidad de vida a la palabra, que al eco de nuestra predicación llegue el pueblo casi a oír y sentir al Jesús de la hostia consagrada.
Para la expansión de su Obra, tanto en las demás diócesis españolas como en América, quiso obtener la aprobación del Papa. Fue recibido en audiencia el 18 de noviembre de 1912 por san Pío X, que se interesó mucho por la Obra del “apóstol de la Eucaristía” y le concedió su bendición apostólica.
A través de la creación de las revistas El Granito de Arena, para adultos, y RIE, para niños, logró fomentar siempre nuevos participantes en las adoraciones y reparaciones al Santísimo Sacramento promovidas por su Obra.

Obispo de Málaga

Por su incansable celo por las almas y auténtica vivencia sacerdotal, fue nombrado obispo auxiliar de Málaga por el Papa Benedicto XV. La ordenación episcopal tuvo lugar el 16 de enero de 1916. Cuatro años más tarde —a la muerte del Ordinario—, fue nombrado obispo residencial de esa sede, un acontecimiento que marcó la vida de la ciudad acostumbrada a grandes fiestas. Sin embargo, en esta ocasión las celebraciones fueron muy especiales. El nuevo obispo decidió dar un banquete a los niños pobres, en vez de a las autoridades, las cuales, junto con los sacerdotes y seminaristas, sirvieron la comida a los tres mil niños.
Como pastor de la diócesis de Málaga, una de sus primeras preocupaciones fue la construcción de un nuevo seminario, con características muy peculiares, pues sería eminentemente eucarístico. Así lo relata:
Hay que hacer un seminario en el que la Eucaristía sea e influya lo más que pueda ser e influir. Esto es: un seminario sustancialmente eucarístico.
Un seminario en el que la Sagrada Eucaristía fuera: en el orden pedagógico, el más eficaz estímulo. En el científico, el primer maestro y la primera asignatura. En el disciplinar, el más vigilante inspector. En el ascético, el modelo vivo y el punto de partida y el de llegada y el más corto y seguro camino entre los dos. En el económico, la gran providencia y en el orden arquitectónico, la piedra angular.
Un seminario en el que la Sagrada Eucaristía no sólo se comiera por las mañanas en comunión, sino que se viviera a todas horas y se respirara, y se gozara y se rebosara por todas partes. En el que fuese el padre, la madre, el consejero, el amigo, la orientación, la luz de los días y el descanso de las noches.
Yo no quiero un seminario en el que la Sagrada Eucaristía sea una de sus cosas, aunque la principal, sino que el seminario aquel sea una cosa de la Eucaristía, y por consiguiente, en que todo de ella venga, a ella lleve y vaya, desde la roca de sus cimientos hasta la cruz de sus tejados. En el que todo lo que viva, se mueva o pase, sea homenaje a ella; donde todo lo que exhale aromas como sus tomillos y sus flores y sus pinos, como el mar con sus brisas y la montaña con sus recios olores o castaños y encinas, sean incensario siempre encendido, y en el que todo ruido de fuentes que corren, de mares que surgen, de vientos que zumban, de aves que cantan, de niños que rezan o ríen, estudian o dan lecciones, no sea otra cosa que el canto perenne del Tantum ergo de la adoración, de la gratitud, de la expiación y de la súplica que mi seminario cante día y noche ante las puertas del palacio del más rico y despreciado Amante, del más bueno y abandonado Padre, del más generoso y peor servido Rey… Jesucristo Sacramentado.
Y simbólicamente, la primera piedra del edificio está bajo el sagrario de la iglesia. «Ésta forma en su parte superior una pirámide, que quedará al descubierto a fin de que su vértice coincida con el centro de la base del Sagrario. En la cara anterior lleva grabado un pez, antiguo símbolo de Cristo, orlado por una guirnalda de espigas y racimos de uvas, y en la base esta inscripción: Cabeza del ángulo; viniendo a ser todo el grabado una especie de jeroglífico sagrado que se descifra así: Cristo Sacramentado cabeza del ángulo».
Concluida la construcción, don Manuel explicó cómo tenía que ser el seminario:
Si la Eucaristía es Pan de Vida, el seminario es el taller en donde se adiestran los panaderos que lo han de elaborar, partir, distribuir y guardar, cuando sobre.
Si la Eucaristía es Luz de nuestros días y de nuestras noches, el seminario es la sala de gimnasia en que se ejercitan y se robustecen los brazos que han de levantarla en lo alto del monte para que ilumine a muchos, y los pies que la han de llevar por toda la tierra.
Si la Eucaristía es Medicina, el seminario es la clínica, que enseña a diagnosticar las enfermedades de las almas y de los pueblos y los modos más aptos de propinarles el único y eficaz remedio.
Si la Eucaristía es Agua Viva, el seminario es fábrica de canales que conduzcan esa agua a las bocas sedientas.
Si la Eucaristía es Hostia, que se inmola cada día, el seminario es el molino y lagar para obtener la harina y el vino de las hostias vivas y agradables a Dios que deben ser los que cada día ofrecen la hostia pura, santa e inmaculada.
La preocupación por la vida espiritual de los sacerdotes de su diócesis, inmersos en tan numerosas e importantes actividades, llevó a don Manuel a organizar reuniones periódicas, en las que nunca faltó un período de recogimiento y meditación delante del Santísimo Sacramento, confesiones, conferencias sobre dogmas, moral, liturgia, sin olvidar los momentos de conversación entre presbíteros, consultas y explicaciones fraternas.
Al mismo tiempo, el santo obispo no escatimaba esfuerzos para poder atender a los pobres, mejorar las situaciones materiales y consolar espiritualmente a sus fieles.
No obstante, con la llegada de la República en 1931, comenzó la persecución. El 11 de mayo intentaron atacarle personalmente. El palacio episcopal fue incendiado y se vio obligado a trasladarse a Gibraltar para no poner en peligro a los dedicados fieles que le habían acogido.
Desde 1932 dirigió su diócesis desde Madrid.

Obispo de Palencia

En 1935 el Papa Pío XI lo nombra obispo de Palencia, donde permanecería hasta entregar su alma al Señor.
Murió el 4 de enero de 1940 y fue enterrado en la catedral palentina.
Escritor proficuo, nos dejó varios libros, como El abandono de los Sagrarios acompañados, Oremos en el Sagrario como se oraba en el Evangelio, Lo que puede un cura hoy, El Rosario sacerdotal, Un sueño pastoral, Así ama Él, Jesús callado, Artes para ser apóstol, La gracia en la educación, Cartilla del catequista cabal, Arte y Liturgia, etc., además de numerosas cartas pastorales.
Fue beatificado el 29 de abril de 2001, en Roma, por el Papa Juan Pablo II y será canonizado por el Papa Francisco el 16 de octubre de 2016.
Aún hoy día en la catedral de Palencia se puede leer el epitafio que él mismo escribió: «Pido ser enterrado junto a un Sagrario, para que mis huesos, después de muerto, como mi lengua y mi pluma en vida, estén siempre diciendo a los que pasen: ¡Ahí está Jesús! ¡Ahí está! ¡No lo dejéis abandonado!».

En la ciudad de Santa Fe, Nuevo Méjico, Estados Unidos, existe una Capilla llamada de Loreto. Esta Capilla, desde hace casi 130 años, guarda un misterio y acoge a millares de visitantes cada año, que acuden para ver el prodigio de la escalera.

En 1852, algunas hermanas llegaron a Santa Fe, a una población compuesta por mejicanos e indios y, en esta ciudad, edificaron una Capilla que fue puesta bajo la protección de San José.

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Al terminar los trabajos, las hermanas se acordaron que en el interior de la construcción no existía ningún enlace entre la tribuna y el coro, situados en planos distintos.
Las hermanas contrataron a muchos carpinteros para resolver el problema pero, teniendo en cuenta la altura que había en el piso superior, les dijeron que era difícil, si no imposible, instalar una escalera. El espacio era insuficiente: la alternativa era construir una escalera de travesaños o reconstruir la galería completamente.

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Así las hermanas, para resolver el problema, se encomendaron a San José mediante una novena puesto que Él era carpintero y luego, con confianza, esperaron la ayuda de la Divina Providencia. Justo en el último día de la novena, un desconocido llamó a la puerta de la Capilla. Dijo que era carpintero y que podía construir la escalera. El poseía sólo una sierra, un martillo y una escuadra.

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Según el testimonio de la hermana la construyó sin ayuda de nadie. El extraño carpintero, en lugar de clavos, usaba goznes de madera secos, que sumergía en el agua. La escalera está considerada aun hoy un prodigio de carpintería.

Terminó el trabajo tras seis meses. El carpintero desapareció sin dejar huellas de su paso. Ni siquiera esperó el sueldo.

DCF 1.0Capilla de Loreto-Santa Fe (México)

La Hermana Madre Madeleine, para saldar algo de la deuda, fue a la marquetería local para pagar la madera y el material utilizado: pero nadie conocía a ningún hombre que hubiese hecho el trabajo, ni la existencia de un documento que acreditase la madera utilizada para construir la escalera.

La leyenda narrada en la ciudad de Santa Fe, induce a creer que el carpintero fue San José invitado por Jesucristo para satisfacer las súplicas de las hermanas. Así la escalera empezó a llamarse “Milagrosa”, y se convirtió en un centro de peregrinación.

En este acontecimiento de la escalera milagrosa, existen tres misterios:

  • El primero, hasta hoy no se conoce el nombre del hombre que la ha construido.
  • El segundo, arquitectos, ingenieros y científicos dicen no entender cómo la escalera está en equilibrio, pues debía haberse derrumbado en el momento en que la primera persona pisase el primer peldaño. Aun ha sido utilizada durante otros cien años. La escalera es una verdadera obra maestra compuesta por dos espirales completos sobre sí mismos. A diferencia de la mayor parte de las escaleras de caracol, no hay ningún pilar: quiere decir que está suspendida sin ningún soporte. Todo el peso cae sobre el primer escalón. Otra cosa sorprendente: las curvas de los montantes son perfectas en cada pedazo de la escalera. ¿Cómo ha sido posible realizar un trabajo tan perfecto en 1870, por un solo hombre, en un lugar aislado y con herramientas rudimentarias. Los peldaños utilizados durante más de un siglo, presentan signos de desgaste sólo en el borde.
  • El tercero, pone el interrogante de, ¿de dónde proviene la madera? Todos los análisis han confirmado que no existe ese tipo de madera, ni similar, en toda la región.

Último detalle: la escalera tiene 33 escalones: la edad de Jesucristo.

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España 1239

El Milagro Eucarístico de Daroca se verificó poco antes de una de las numerosas batallas sostenidas por los españoles contra los moros.

Los comandantes cristianos pidieron al sacerdote celebrar una Misa, pero pocos minutos después de la consagración un ataque sorpresa del enemigo obligó al sacerdote suspenderla y esconder las Hostias consagradas dentro de un paño. La victoria estuvo a favor de los españoles.

Entonces, los comandantes pidieron al sacerdote poder comulgar con las Hostias que se habían consagrado pero estas fueron encontradas completamente recubiertas de Sangre. Actualmente es posible venerar el paño teñido de Sangre.

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Carta de Chiva, pergamino con la descripción del Prodigio.

En 1239 las ciudades cristianas de Daroca, Teruel y Calatayud (en Aragón) se aliaron para reconquistar el castillo de Chio Luchente, que estaba en poder de los moros. El capellán, padre Mateo Martínez, de Daroca, celebró antes de la batalla la Santa Misa. En ella, consagró seis Hostias destinadas a los seis capitanes que guiaban las tropas: don Jiménez Pérez, don Fernando Sánchez, don Pedro, don Raimundo, don Guillermo y don Simón Carroz. Pero un ataque sorpresa del enemigo obligó al capellán suspender la Misa. Envolvió en el Corporal las seis Partículas consagradas y las escondió bajo una piedra.

Habiéndose retirado las tropas enemigas, los comandantes pidieron al sacerdote la Comunión para dar gracias a Dios por la victoria obtenida. El padre Mateo fue al lugar del escondite para recuperar las Hostias y encontró que estaban bañadas en Sangre. Los comandantes interpretaron este Prodigio como un gran signo de predilección por parte de Dios y de buenos augurios. Luego de comulgar, colocaron el Corporal manchado de Sangre en la punta de una lanza a modo de estandarte. Así se dirigieron a la batalla contra los moros con este estandarte y reconquistaron el castillo de Chio, obteniendo una estrepitosa victoria.

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La Santa Hijuela (palia) es uno de los corporales del Milagro y se conserva en Carboneras.

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Reliquia de uno de los dos Corporales manchados de Sangre. Se conservan en la iglesia de Daroca.

El mérito de este triunfo fue atribuido al Milagro Eucarístico. Los seis comandantes provenían de diversas regiones de la España y cada uno sostenía que el corporal debía ser llevado a la propia ciudad. En medio de una acalorada discusión, la ciudad de Daroca fue elegida por tres veces para custodiar el Milagro. Finalmente, se llegó a un acuerdo. Una mula llevaría en el lomo el Corporal, vagaría libremente y en la ciudad donde ella se detuviera, el santo corporal permanecería allí mismo porque esa era la voluntad divina. La mula vagó por 12 días, recorriendo alrededor de 200 millas, hasta que, extenuada, se detuvo delante de la iglesia de San Marco, en Daroca. Poco después, se construyó una iglesia dedicada a Santa María, donde hasta hoy es posible venerar el corporal manchado de Sangre que está depositado en un riquísimo relicario.

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Reproducción antigua del Prodigio (siglo XVI).