Buscaba empleo y encontró una madre

 

Cuando Jeanne-Marie dejó el hospital, se sentía sola, abandonada y sin apoyo. El único patrimonio que le quedaba era una moneda de un franco.

Todo era lujo y joie de vivre en las calles de París aquel verano de 1827.

Pero ningún ruido exterior era capaz de alterar de las profundas cavilaciones a una joven de humilde aspecto que caminaba con decisión.

La joven Jeanne-Marie, nacida en una aldea de Bretaña, había sido educada por sus padres en el santo temor de Dios. Su modesta condición la obligó a buscar empleo, siendo todavía una niña, en casa de una acaudalada familia.

Tenía desde la infancia la piadosa costumbre de mandar celebrar cada mes una misa en sufragio de las almas del purgatorio. Debiendo abandonar su aldea natal para seguir a sus patrones, que se mudaron a la capital francesa, se mantuvo fiel a ese acto de caridad y asistía ella misma al Santo Sacrificio, durante el cual unía sus oraciones al sacerdote para pedir especialmente a favor del alma cuya liberación dependiera de una última plegaria.

Algún tiempo después de llegar a París, la joven bretona cayó víctima de una grave enfermedad que no sólo agotó sus fuerzas físicas, sino que la hizo perder el trabajo y consumió todas sus economías.

Cuando finalmente dejó el hospital se sentía sola, abandonada y sin apoyo. El único patrimonio que le quedaba era una moneda de un franco en el bolsillo; pero poseía algo más valioso que todo el oro del mundo: la confianza en Dios y en la Virgen.

Después de una fervorosa oración se dirigió apresuradamente a una agencia de empleo. Al pasar frente a la iglesia de san Eustaquio, algo la impelió a entrar. El ambiente elevado, el sonido del órgano, la tenue luz que se filtraba por las vidrieras y lo bañaba todo en mil colores, la llenaron de paz y la hicieron olvidar un momento su dramática situación.

Al ver que un sacerdote se preparaba para oficiar en uno de los altares laterales, recordó que o había encargado rezar aquel mes la acostumbrada misa por las almas del purgatorio.

Siempre le había costado algún esfuerzo reunir las monedas para la espórtula, pero en aquel momento ese acto revestía un verdadero sacrificio… entregar el último franco que le quedaba significaba no tener siquiera con qué mitigar el hambre del día. La lucha interior entre la devoción y la prudencia humana fue corta: pronto venció la primera, pues si Jeanne-Marie era pobre de los bienes de la tierra, en cambio era rica en amor de Dios.

Con la firme convicción de que no la desampararía quien dijo: “Mirad las aves del cielo como no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros” (Mt 6, 23), se encaminó a la sacristía, y como la viuda pobre del Evangelio, entregó su última moneda para solicitar que aquella misa fuera celebrada en la intención de sus queridas almas del purgatorio. Después de asistir devotamente a la celebración, se puso otra vez en camino.

Se sentía más ligera, y no por el bolsillo vacío. Era más bien porque la ausencia de todo recurso humano la dejaba abandonada al beneplácito de la Divina Providencia. Su corazón sí estaba lleno. Lleno de una nueva confianza que superaba a cierta ansiosa inquietud por el futuro: ¿qué destino la aguardaba? Caminaba sumida en estos pensamientos cuando una voz la interrumpió:

Hist

– ¿Buscas trabajo?

–Sí, señor– respondió sorprendida al interlocutor, con la extraña sensación de estar en otro mundo…

–Muy bien, ve entonces a la calle Tivoli nº 48 y habla con doña Celia. Ella necesita una criada y te recibirá con bondad.

No fue difícil encontrar la dirección indicada. Llegó justo en el momento en que una joven salía a regañadientes con una bolsa bajo el brazo. Jeanne-Marie le preguntó por la dueña de casa.

– ¡Puede que esté o puede que no, ya no me importa! Te abrirá la puerta si se le antoja. ¡Dejó de ser mi asunto!– respondió sin detenerse.

La joven llamó a la puerta con mano temblorosa. Pero su miedo se disipó tan pronto escuchó una dulce voz que la invitaba a entrar. Al depararse con una venerable señora de bondadoso aspecto, se llenó de ánimo y le expuso el motivo de su visita:

–Supe que usted necesita una criada y me vine a ofrecer, pues me aseguraron que aquí sería recibida con bondad.

–Querida joven, ¡me estás diciendo algo extraordinario! Hoy por la mañana no tenía absolutamente ninguna necesidad, pero hará cosa de una hora tuve que despedir a una insolente empleada, y nadie lo sabe en el mundo, salvo ella y yo.

¿Quién, pues, te envía?

–Fue un señor joven que me abordó en la calle y me dio la información. Y le agradezco mucho a Dios y a él, ya que necesito un empleo hoy mismo, no me queda ni un solo centavo…

La distinguida dama permanecía pensativa, sin poder comprender quién sería el misterioso personaje. Jeanne-Marie levantó casualmente la mirada, vio un cuadro en la pared y exclamó:

– ¡Él es el hombre que me mandó venir! ¡Vengo de parte suya!

Al oír estas palabras, doña Celia soltó un grito y faltó poco para que se desmayara. Entonces pidió a la joven que le contase todos los detalles del episodio. Jeanne-Marie se refirió con sencillez a su costumbre de ayudar a las almas del purgatorio, la misa que había mandado celebrar hacía poco y, por fin, el encuentro con el radiante joven. La noble dama prestó atención a todo, y finalmente dijo emocionada:

– ¡No serás mi empleada, te consideraré como mi hija! Aquel joven es mi hijo… mi único hijo, fallecido hace dos años, y que te debe su liberación de las penas del purgatorio. Para recompensar tu generosidad, Dios le permitió enviarte aquí. ¡Que Dios te bendiga! A partir de ahora rezaremos juntas por todos los que sufren en el lugar de purificación, y dependen de una oración para entrar a la bienaventuranza eterna.

– ¡Puede que esté o puede que no, ya no me importa! Te abrirá la puerta si se le antoja. ¡Dejó de ser mi asunto!– respondió sin detenerse.No fue difícil encontrar la dirección indicada. Llegó justo en el momento en que una joven salía a regañadientes con una bolsa bajo el brazo. Jeanne-Marie le preguntó por la dueña de casa.

La joven llamó a la puerta con mano temblorosa. Pero su miedo se disipó tan pronto escuchó una dulce voz que la invitaba a entrar. Al depararse con una venerable señora de bondadoso aspecto, se llenó de ánimo y le expuso el motivo de su visita:

–Supe que usted necesita una criada y me vine a ofrecer, pues me aseguraron que aquí sería recibida con bondad.

–Querida joven, ¡me estás diciendo algo extraordinario! Hoy por la mañana no tenía absolutamente ninguna necesidad, pero hará cosa de una hora tuve que despedir a una insolente empleada, y nadie lo sabe en el mundo, salvo ella y yo.

¿Quién, pues, te envía?

–Fue un señor joven que me abordó en la calle y me dio la información. Y le agradezco mucho a Dios y a él, ya que necesito un empleo hoy mismo, no me queda ni un solo centavo…

La distinguida dama permanecía pensativa, sin poder comprender quién sería el misterioso personaje. Jeanne-Marie levantó casualmente la mirada, vio un cuadro en la pared y exclamó:

– ¡Él es el hombre que me mandó venir! ¡Vengo de parte suya!

Al oír estas palabras, doña Celia soltó un grito y faltó poco para que se desmayara. Entonces pidió a la joven que le contase todos los detalles del episodio. Jeanne-Marie se refirió con sencillez a su costumbre de ayudar a las almas del purgatorio, la misa que había mandado celebrar hacía poco y, por fin, el encuentro con el radiante joven. La noble dama prestó atención a todo, y finalmente dijo emocionada:

– ¡No serás mi empleada, te consideraré como mi hija! Aquel joven es mi hijo… mi único hijo, fallecido hace dos años, y que te debe su liberación de las penas del purgatorio. Para recompensar tu generosidad, Dios le permitió enviarte aquí. ¡Que Dios te bendiga! A partir de ahora rezaremos juntas por todos los que sufren en el lugar de purificación, y dependen de una oración para entrar a la bienaventuranza eterna.

Valerie no se había sentido nunca tan feliz. Cuando comulgó, después de tantos años sin frecuentar los Sacramentos, se sentía radiante como Jeanette, que había recibido por primera vez a Jesús Eucaristía en su inocente corazón.

En el pintoresco pueblo de Veynes, junto a los Alpes franceses, vivía una familia muy religiosa: Pierre Blondet, el padre, Marie-Anne, la madre, y los dos pequeñuelos, Jeanette y Louis. El matrimonio era muy rico y generoso, dando continuamente buenos ejemplos de caridad y auxilio a los más necesitados.

No era extraño, por ejemplo, ver a los empleados del Sr. Blondet llevando al párroco en el mejor carruaje de su patrón para que atendiera a los campesinos enfermos o moribundos. Y todos los domingos, después de Misa, Marie-Anne atendía con cariño a todos los que llamaban a su puerta pidiéndole un poco de alimento, remedio para sus males o una palabra de consuelo.

No obstante, el pequeño Louis padecía de asma y cuando llegaba el invierno, el frío de aquellas tierras le hacía sufrir bastante. Por eso, la familia había adquirido una hermosa casa en la pequeña ciudad de Saint-Remy de Provence, próxima a Marsella, donde el clima era mucho más benigno, y allí iban en aquella época del año.

Cuando llegaba la primavera los Blondet regresaban a Veynes y la mansión de Saint-Remy se quedaba a cargo de Valerie, una joven gobernanta muy honesta y trabajadora, que mantenía con esmero la casa de su noble patrona.

1Aquel año todos esperaban a los Blondet con impaciencia

Tan pronto como el otoño empezaba a dar señales de que estaba acabando, muchos brazos se ofrecían para ayudar a Valerie en la limpieza de la casa, para recibir en condiciones a tan querida familia. Hacían un zafarrancho completo, lavando cortinas y alfombras, limpiando muebles y almohadas, quitando las telas de araña acumuladas con el tiempo, dejándolo todo limpio y perfumado. Y no se olvidaban tampoco del jardín, donde aún era posible encontrar algunas flores de vistosos colores.

Aquel año todo esperaban a los Blondet con impaciencia, porque la pequeña Jeanette iba a hacer la Primera Comunión en la iglesia parroquial. Valerie, sin embargo, no se sentía tan alegre… Aunque era muy honrada y competente, no era nada piadosa. Nunca iba a Misa los domingos, no le gustaba rezar, ni siquiera se acordaba de cuándo había sido la última vez que se había confesado… Sólo pisaba la iglesia para acompañar a su patrona y, en esas ocasiones, se quedaba siempre al fondo y distraída.

Por fin llegaron los viajeros y los chiquillos enseguida salieron corriendo hacia el jardín para ver las flores y jugar con el perrito Rex, que los esperaba saltando de alegría, mientras movía agitadamente su rabito. La señora Marie-Anne respiraba complacida el aire perfumado de su habitación e inmediatamente se dirigió a los aposentos de los niños. Muy satisfecha con el orden y la limpieza se volvió hacia la gobernanta y le dijo:

2
“Hija mía, esta espada simboliza el dolor que siento al ver cómo cierras tu alma a todas las gracias que te concedo”

— Valerie, estoy realmente encantada con todo lo que haces en mi ausencia. Quiero darte una sencilla retribución por un buen trabajo.

Y le entregó una vistosa caja que contenía un bonito vestido bordado

con los mejores hilos de seda. Una verdadera obra de arte.

— Muchas gracias, Madame. Pero no merezco tanto…, replicó la gobernanta.

— Es para que nos acompañes el próximo domingo a la Misa de la Primera Comunión de Jeanette.

Valerie se dio cuenta de que esta vez no iba a ser posible quedarse al fondo de la iglesia… Pero no importa, pensaba, así aparecería mejor ante sus amigas, que se iban a morir de envidia cuando la vieran tan elegante…

En la víspera de la ceremonia, Marie-Anne avisó que saldría más temprano, porque ella y su esposo querían confesarse antes de la Misa. Jeanette ya lo había hecho el día anterior y el pequeño Louis aún no tenía edad para eso.

— ¿Confesarse?, se dijo Valerie.

¿Para qué esa tontería? Si parece que Dios se queda resentido con lo que hacemos…

Con todo, no comentó nada y la mañana del domingo estaba lista muy temprano, con su bonito vestido nuevo y un peinado muy especial, imaginándose las miradas que se dirigirían hacia ella cuando entrase en la iglesia…

Valerie no se había equivocado. Nada más la vieron llegar, sus amigas se fijaron en ella con admiración y empezaron a cuchichear sobre su nuevo vestido. La gobernanta, que no cabía en sí de vanidad, intentaba aparentar indolencia mientras se dirigía lentamente hacia la sacristía con el matrimonio Blondet.

Allí se encontraban algunas personas que esperaban su turno para recibir el Sacramento de la Reconciliación. Para que no pareciera que estaba también queriendo confesarse, Valerie se alejó en dirección a una imagen del Inmaculado Corazón de María que había en el lado opuesto, y allí se quedó fingiendo que rezaba.

Entre tanto sus ojos se fijaron en el corazón de la Virgen, rodeado de espinas y atravesado por una espada. Era curioso… Conocía esa imagen desde su infancia, pero no se acordaba de aquella daga. Entonces, dirigió la mirada hacia la fisonomía de Nuestra Señora y, mientras contemplaba una expresión de tristeza fuera de lo común, oyó una voz que le decía:

— Hija mía, ¿te extraña esta espada? Pues simboliza el dolor que siento al ver cómo cierras tu alma a todas las gracias que te concedo. ¿No quieres aliviar mi Corazón? Arrepiéntete, confiésate y haz el firme propósito de cambiar de vida. Estaré a tu lado para ayudarte.

Valerie no supo explicar lo que ocurrió… Cuando menos se dio cuenta estaba de rodillas, entre lágrimas, confesando sus faltas al buen párroco que le decía:

— Lo ves, hija mía; te pasas todo el año arreglando con esmero la casa de la señora Blondet, para dejarla satisfecha cuando llega. Ahora has hecho algo mejor: has preparado tu alma cuidadosamente para recibir al Rey de los reyes, que hace tanto tiempo que está esperando para entrar en tu corazón.

La gobernanta no se había sentido nunca tan feliz. Cuando terminó de confesarse se fue hasta la imagen de María y la vio risueña y resplandeciente, sin la espada que antes le hería el Corazón. Y cuando comulgó, después de tantos años sin frecuentar los Sacramentos, se sentía radiante como Jeanette, que había recibido por primera vez a Jesús Eucaristía en su inocente corazón.

Marie-Anne había ido acompañando lo ocurrido en la sacristía y estaba emocionada. Juntas, conmemoraron la doble fiesta. La buena gobernanta cambió completamente de vida y los habitantes de Saint-Remy, cuando tomaron conocimiento de esa inesperada conversión, crecieron aún más en el fervor y devoción a María Santísima, porque nunca desampara a los que son suyos, y llama a sí incluso a aquellos que ya la habían abandonado.

3Entre lágrimas, Valerie confesó sus faltas al buen párroco.