El día 16 de julio de 2019 tuvimos la alegría de poder visitar las Hermanitas de los pobres en Segovia. En 1843 Juana acogía ya a 40 ancianas y tres jóvenes compañeras se unieron a su causa escogiendo a Juana como superiora de la pequeña asociación que se encaminaba hacia una auténtica vida religiosa. Los cuida en espíritu de humilde servicio, formando una sola familia y guardando viva la herencia de su fundadora Santa Juana Jugan. Estando ahí pudimos hacer diversas actividades con ellos, además de una pequeña charla enseñando la importancia de la devoción a nuestra Santísima Madre del Cielo con la advocación de la Virgen de Lourdes. 

A predicación de Jesús nos presenta las obras de misericordia para que podamos darnos cuenta si vivimos o no como discípulos suyos. Las corporales son: dar de comer al hambriento, de beber al sediento, vestir al desnudo, acoger al forastero, asistir a los enfermos, visitar a los presos, enterrar a los muertos. Por otra parte, y formando un conjunto inseparable con aquéllas, tenemos las espirituales: dar consejo al que lo necesita, enseñar al que no sabe, corregir al que yerra, consolar al triste, perdonar las ofensas, soportar con paciencia las personas de difícil carácter, rogar a Dios por los vivos y los difuntos.

No podemos dejar de obedecer a las enseñanzas del Señor. En base a ellas seremos inquiridos y juzgados: si dimos de comer al hambriento o de beber al sediento; si acogimos al extranjero y vestimos al desnudo; si dedicamos algo de nuestro tiempo a acompañar al enfermo o preso (cfr Mt 25,31-45).

Igualmente se nos preguntará si ayudamos a disipar las dudas de distinto signo, que desembocan en el miedo y la soledad; a vencer la ignorancia en la que viven millones de personas, muchos de ellos niños, privados a veces de lo más necesario o sumergidos en la pobreza; si nos acercamos a quien estaba solo y afligido; si perdonamos a quien nos ofendió y rechazamos cualquier forma de rencor o violencia que conduce a más violencia; si tuvimos paciencia siguiendo el ejemplo de Dios que es tan paciente con nosotros.

Y finalmente, si encomendamos en la oración a nuestros hermanos y hermanas. En cada uno de los «más pequeños” está presente el propio Cristo. Su carne se hace de nuevo visible ante nosotros martirizada, llagada, flagelada, desnutrida, en fuga… para que nosotros lo reconozcamos, lo toquemos y lo asistamos con cuidado. No olvidemos las palabras de san Juan de la Cruz: “En el ocaso de nuestras vidas, seremos juzgados en el amor”. (Papa Francisco, El rostro de la Misericordia, 11 de abril de 2015).