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​El día 20 de octubre de 2018 tuvimos la alegría de compartir con los mayores de la Residencia de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados en Valencia, un convivio de gran provecho para todos,  además de poder confortarles  distribuyendo un bonito recuerdo de la Medalla de Lourdes. Estando juntos a ellos fue de gran ayuda para soportar los sufrimientos que estaban viviendo. 

¿Quién no se conmueve ante las heridas, el dolor y el aislamiento de cualquier ser humano? Sólo alguien con un corazón de piedra, es capaz de no sentir compasión por un enfermo grave o ser indiferente a sus muestras de dolor.

Acogida viene de acoger. Acoger es un verbo que hemos de aprender a conjugar bien en todos los tiempos, si queremos que nuestra sociedad no sea selvática, sino humana, si queremos comunidades fraternas y que nuestro mundo sea una familia de hermanos. Es difícil acoger, acogernos; pero sin acogida, no hay vida cristiana.

En la Sagrada Escritura el objeto central del amor es el pobre, el extranjero, la viuda, el huérfano, es decir, aquellos seres débiles y desvalidos que no pueden ayudarnos, ni de ellos podemos sacar nada, que no pueden darnos nada a cambio. La acogida tiene mucho de gratuidad. Hay una larga lista de seres débiles. Es débil todo el que no puede valerse del todo por sí mismo, ya sea permanentemente, ya sea ocasionalmente. La acogida abarca todas las obras de misericordia, todas son “acogida”.

La acogida es una exigencia del amor fraterno. Dios nos ha dado al hermano para que lo amemos, no simplemente para que lo soportemos. Hay que superar los vínculos de la carne y de la sangre: todos somos hermanos. La fe y la gracia de Dios, que nos hacen hijos de Dios, crean comunidades con vínculos de fraternidad más fuertes y durables que los de la carne y de la sangre.

Es verdad que todos somos muy distintos; por voluntad de Dios todos somos diferentes, pero no para enfrentarnos, pelearnos y distanciarnos, sino para completarnos, enriquecernos y entrar en comunión. La heterogeneidad es la garantía de autenticidad evangélica de una comunidad.

Los hermanos no se eligen, se nos dan, se aceptan y se acogen. Una exigencia del amor fraterno es acoger a todos.

Hay que aceptar a todos, a cada uno como es, no como nosotros quisiéramos que fueran. Aceptar al otro, como el otro es, reconocer que es diferente, que no tiene por qué ser como nosotros, sentir como nosotros y tener nuestros propios gustos.